Ojalá
no te quisiera
porque
amarte no es más
que
aristas agudas
desgarrando
mis párpados.
Ojalá
te empujase y te arrojase lejos,
fuera
de los marcos rotos,
de
las paredes con grietas.
De
las encías que sangran de la rabia.
Un
día
voy
a convertirme en piedra
y
mi corazón de fénix morirá.
Entonces,
podré
decirte que ya no te quiero,
justo
antes
de
volver a renacer de mis cenizas.
(De Diosas de barro)