"Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo" (C.S. Lewis)




"...con la sensibilidad de quien no tiene piel y lo siente todo, pero aguanta el golpe para contarlo." (Manuel Rivas, Las voces bajas)






jueves, 18 de febrero de 2010

Caronte


En el peor de los casos,
la muerte no es más que un grito que se desquebraja,
un eco que se pierde en el vacío.


No deberíamos temer a la muerte.

Aposentados en su impenetrable silencio,
son los muertos los que duelen,
los que arañan los tejidos internos y deshacen
el estómago en jirones.
Los que hacen pesado el vacío que rodea unos brazos estériles.


Son los muertos los que nos hacen daño.

El día que yo me muera, terminará, por fin, la lucha.
Y mi piel se hará ligera.
Manos de espuma, espalda líquida, sonrisa aérea.
Aceptar la derrota también es un triunfo.


Paz.

Queredme ahora que aún respiro.
Cerrad mis párpados con los labios, cuando me asusten las pesadillas.
No soportéis el mudo peso de mi cuerpo muerto y que, al ataúd,
lo arrastren los gusanos.
Pero dejadme que descanse ahora,
que estoy cansada,
y necesito otra piel donde esconderme.

Dicen que las palabras vencen al silencio.
Que una frase puede derrotar al olvido.
Dicen que la poesía saldrá victoriosa de la muerte.

¿Y a quién le importa?
Yo no necesito luchar con gigantes.
Mi enemigo me mira cara a cara.
Poesía, coge tu espada, vamos a seguir luchando con la vida.

Y eso es lo que haremos. Jugar con la muerte para vencer a la vida, siempre con la poesía como compañera.

Os esperamos en "El gato verde", C/ Torrecilla del Leal, 15 (metro Antón Martín), el domingo 21 de febrero, a las 20:00.

sábado, 13 de febrero de 2010

Inicio truncado de una historia

Es un hecho comprobado: existe gente de usar y tirar. No como los clínex o las maquinillas de afeitar (eso sería feo); tal vez podríamos llamarlos personas para una sola ocasión o para un momento dado. Como los vestidos de boda o de primera comunión. Son especiales y el día que te los pones es como si todo fuera diferente, como si una fuera la protagonista escultural e imposible de una película de Hollywood, centro de miradas y comentarios halagüeños. Son vestidos que nunca pierden la magia, y en el fondo del armario, con su funda cubriéndolos cuidadosamente, son recordatorio permanente de lo perfecto realizable; se convierten en espacio inexcusable de la melancolía y la nostalgia. Quizás, entonces, sería más justo y más correcto llamarlos personas de usar y guardar; de guardar lejos, donde su perfección no deslumbre e impida la vida en la medianía cotidiana de lo gris, pero donde sean accesibles en los momentos de necesidad suprema de la luz.