"Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo" (C.S. Lewis)




"...con la sensibilidad de quien no tiene piel y lo siente todo, pero aguanta el golpe para contarlo." (Manuel Rivas, Las voces bajas)






sábado, 12 de diciembre de 2009

Para todos aquellos que, como yo, necesitan una ventanita de luz en medio de la rutina y el trabajo, y necesitan olvidarse de responsabilidades y problemas de vez en cuando,y volverse un poco locos y saberse un poco locos y disfrutar de la locura que nos pinta de colores...

Recital de Otras Palabras
El domingo día 13, a las 20:00h.

En "El gato verde",
c/ Torrecilla del Leal, 15

Metro: Antón Martín


Ojalá nos veamos todos allí

lunes, 2 de noviembre de 2009

Alma soñada







ALMA SOÑADA

Poesía - Colección EN VOZ BAJA

Autora: Begoña Regueiro

Presentación:
A veces, el aire sabe a primavera de violetas. Otras veces, la nieve envuelve Madrid y convierte en blancura y luz las aceras grises y sucias. Otras, el sol envía un guiño por encima de los edificios, como una reminiscencia del cielo y las montañas, del horizonte y los atardeceres, del mar.

A veces, de repente, brilla una idea y el laberinto sinsentido en el que vivo abre una ventana, sólo una, para retenerme, para obligarme a entender y no dejar que me abandone a la locura dulce de Don Quijote. A veces vivir duele tanto que ni siquiera un grito ahogado puede expresarlo. A veces el mundo duele tanto, que ni siquiera la rabia protesta lo suficiente.

Entonces me quedo muda, porque ningún discurso es suficiente. Porque la belleza y el dolor son demasiado grandes para ser explicados. Porque las ideas más luminosas pierden conexión y coherencia al explicarlas racionalmente (porque nada ocurre racionalmente).

Entonces, sólo me quedan las imágenes, las metáforas y las palabras mecanografiadas para explicarme a mí misma el sentido de las cosas. Sólo el papel para fijar los retazos de belleza y no dejar que la vida los sepulte. Sólo el vacío blanco para hacer explotar el dolor.

Esto son los poemas de Alma soñada, mosaicos de hermosura, de angustia y de protesta cincelados con la música que adormece a las fieras y nos guía a Morfeo. Sé que la explicación no es demasiado clara, pero es que la poesía también se me escapa entre los dedos cuando trato de explicarla.


domingo, 6 de septiembre de 2009

Septiembre. De la vuelta al cole y la poesía

Septiembre podría ser como uno de esos límites de la naturaleza que separan la inmensidad del mar y la tierra, la brusquedad de la montaña y el abismo, la pesadez del suelo y la ingravidez infinita del cielo abierto. Septiembre se siente como el final de algo, pero también como el principio renqueante de la rutina aburrida del invierno y el último adiós al mar, a la arena… a la calma.

Allá por la adolescencia, septiembre no eran más que la nostalgia apremiante de besos en la playa y la añoranza dolorosa de los amigos, los de verdad, esos que escriben cartas de vez en cuando o marcan un acento distinto al otro lado del teléfon,o para traer al otoño o al invierno o a la primavera, un poco de vida. Septiembre era entonces, una resaca atormentada por anuncios de la vuelta al cole, libros nuevos, abrigos azules para el invierno con el incentivo de los corticoles.

En una adolescencia más madura, septiembre se hizo punto de reencuentro y esos días de Madrid caluroso en suspenso antes de empezar el instituto concentraban la magia del final del verano en plazas vecinales, en bancos de madera rota donde te sentabas y me cantabas canciones a medida.

Mis septiembres aún huelen a forro adhesivo, a primera página de un cuaderno. A veces, las noches de septiembre me devuelven el roce de una barba descuidada y esconden la melodía de un poema escondido detrás de una ventana.

Sin embargo, septiembre se ha quedado sin magia desde que no hay reencuentros efusivos ni stand by para los patios de colegio. Septiembre sería sólo un mes más si no fuera porque las hojas amarillean y algunas noches sopla una brisa acariciante. Septiembre sería sólo un mes más…

Como siempre, en septiembre, la poesía vuela al rescate para que no haya momentos repetidos sin la intensidad de lo sublime y así nos recuerda el sabor del primer día de colegio, la emoción de los amores de principio de curso. Así nos impulsa a un nuevo comienzo más allá de las colecciones de quiosco.

Septiembre, siempre, emprendiendo una nueva aventura, un nuevo viaje, un año nuevo y diferente. Septiembre, siempre. Con el auxilio de la madre poesía.

Recital musicado de “Otras Palabras” y Pablo Rioja
Domingo 13 de Septiembre a las 21:00
El Despertar, C/ Torrecilla del Leal, 18

miércoles, 15 de julio de 2009

De hienas y aguijones

Las heridas deberían dejar de doler cuando te das cuenta de que son absurdas. Cuando su causa se revela inoperante y ridícula, casi invisible e intangible más allá de tu propio cerebro, sin contornos definidos en la realidad objetiva. Deberían dejar de doler cuanto te das cuenta de que no tienen sentido. Deberían. Sin embargo, en lugar de ello dejan cicatrices pútridas y feas que hacen irreconocible la inocencia que un día te hizo capaz de ilusionarte y van transformando la sonrisa espontánea que da luz a un rostro en el gesto sarcástico que contrae las facciones de los perros viejos y los gatos callejeros.

Uno nunca debería volver a aquello de lo que una vez ha podido prescindir. Lo que de verdad es importante está tan dentro que no puede abandonarse sin que muera una parte del que lo pierde. Como el aguijón de las abejas. Aquello que puede dejarse, no es más que un apósito ficticio y artificial. Pestañas postizas, uñas, pelucas...pueden caerse sin que apenas lo sientas hasta que tus ojos, no tu piel, noten su ausencia.

Empezó así. Como un complemento que adorna y entretiene. Como ese bolso nuevo que te sientes orgullosa de lucir los primeros días después de su adquisición, a pesar de la absoluta seguridad de que en un mes dormirá en el fondo del armario. Le hacía reír. Con sus comentarios absurdos, sus absurdas observaciones y su absurda forma de ver la vida, tan alejada de las cosas realmente importantes como la melodía de los olmos en las tardes de otoño o el olor a castañas del invierno. Le hacía reír con su estúpido pragmatismo, con sus eternas disertaciones acerca de lo que es racional y lo que no lo es. (Como si a ella le importase que los gusanos de seda en la piel fuesen racionales o no. Simplemente eran, y hacían cosquillas al arrastrase desde el punto exacto de su cuerpo donde él, casualmente, había apoyado la mano, hasta sus muslos. Su existencia estaba probada con una certeza mucho más aplastante que las que el cerebro, al fin y al cabo un mero producto de la educación, podría dar). Empezó así. Como alguien con el que llenar las horas que se hacen eternas cuado estás lejos de todo lo que te importa. Como unos brazos en los que refugiarse del frío y unos labios en los que refugiarse de la angustia. Un apósito ficticio y artificial, como lo era todo en aquella minivida de tres meses tan insignificante en el transcurso de la vida de verdad. Como un aguijón de avispa, presto a desprenderse sin dolor a la primera señal de peligro.

Lo llamaba porque sí. No había dependencia, no necesitaba verlo, ni siquiera lo echaba de menos si no estaba. Simplemente, lo llamaba. Como un gesto mecánico, rutinario, que se repetía cada día nada más llegar del trabajo. Igual que se repetían las caricias y los besos en medio de carcajadas y palabras inventadas como puente entre el norte de él y el sur de ella. Golpes de voz inarticulados, signos lingüísticos sin codificar. Por supuesto, no significaban nada.

Cuando se dio cuenta de que el abdomen se le desgarraba, ya era demasiado tarde. El aguijón había sido liberado. La primera tarde que él no cogió el teléfono, una mentira piadosa le permitió ocultarse a sí misma el vacío. Realmente, no había dependencia, no necesitaba verlo, ni siquiera lo echaba de menos. La segunda tarde, tuvo que admitir que no le parecía un gesto bonito el desaparecer así, sin más; aunque no hubiera dependencia, no necesitase verlo y ni siquiera lo echase de menos. La tercera tarde reconoció ante sí misma y ante las lágrimas que le devolvía el espejo, que lo echaba de menos, sólo un poquito. La cuarta constató que algo dolía por dentro, como si un puño invisible e implacable tirase hacia fuera desde el fondo de sus entrañas. La quinta descubrió que no podría prescindir de él sin que doliese. La sexta, el tiempo comenzó a pesarle, porque no podía ser que la vida de verdad se limitase a tres meses en medio de tantos años inútiles, y menos podía ser que hubiese perdiendo seis días ya de esa vida tan corta. La séptima, con la claridad que ofrecen las visiones, apareció ante ella la revelación de que podría abandonar todo lo que no fuese él, si él se lo pedía.

Las heridas deberían dejar de doler cuando te das cuenta de que no tienen sentido. Y él debió dejar de dolerle cuando resultó innegable que no iba a volver. Porque, en realidad, sus puntos de vista eran absurdos, y el pragmatismo no es nada más que una forma de perder el tiempo haciendo estúpidas cosas útiles en lugar de cosas realmente importantes, como reírse a carcajadas en medio de la lluvia o cantar a la luna llena para que no se sienta tan sola en el cielo. Y sin embargo, sangraba y supuraba a través de una sonrisa que pretendía ser natural y parecía tan inhumana como la risa de las hienas.

Uno nunca debería volver a aquello de lo que una vez ha podido prescindir. Y sin embargo, ella tuvo que volver a una vida insignificante, que había dejado de importar hacía siglos, cuando aún estaba sumergida en sus ojos y las palabras significaban mucho más que una sucesión de letras y un golpe de voz. Tuvo que regresar a una vida que hubiese podido abandonar sin dolor, sólo con que él se lo hubiese pedido.

Maneras de hacerme el amor



Vamos a empezar suponiendo que te importo.
Da igual que me mientas si tus manos me convencen.

Vamos a empezar reconstruyendo la vida que envuelve este momento,
no quiero que se sienta
solo y perdido en medio de la nada.

Mírame con ternura,
como si me quisieras.
Atraviésame el alma con los ojos,
disuelve mi corazón entre tus dedos
y comienza a acariciarme cuando quieras.
Sin dejar de mirarme, eso sí.
Para que no se te olvide que soy yo,
para que no se me olvide que lo sabes.

Susúrrame al oído y a la piel.
Cuéntame cómo reían las estrellas,
cómo se escondió la luna
al ver nuestras posturas imposibles.

Recuérdame cómo paró el mundo
para que explotásemos nosotros,
cómo el tiempo nos guardó un instante
en medio de las horas irreales.

Háblame al oído y a la piel,
con cuentos y cicatrices.
No te calles.
Di mi nombre.
Mírame.
Para que no se te olvide que soy yo,
para que no se me olvide que lo sabes.

Bésame entre los ojos y en las sienes,
en el hueco que se esconde entre mis hombros.
Dime que mi piel sabe a vainilla
que recordarás mi espalda en el verano.
Di que cada pliegue de mi cuerpo
había sido imaginado por tus manos.

Y mírame siempre.
Para que no se te olvide que soy yo,
para que no se me olvide que lo sabes.

Y no te duermas cuando los relojes vuelvan a marcar las horas.
Suéñame consciente y en tu abrazo.
Y dime que me quieres,
aunque sea mentira.
Dame un segundo de sosiego
antes de dejar que tu sudor
empiece a escocerme en las heridas.

miércoles, 24 de junio de 2009

Recitales Otras Palabras

En verano, el asfalto abrasa en Madrid. La ciudad pierde las hojas para convertirse en cemento hervido y en sudor.
Hace exactamente dos años, en un julio tan caluroso como este, nos convertimos por una tarde en Bécquer y Valle-Inclán y Lorca y Cervantes para despedirnos de Jan en el espacio en el que él vivía, la imaginación y los sueños, con un poco de la sustancia en la que nosotros aprendimos a levantarnos del suelo: las palabras.
Dos años de luto y ciudades grises y trabajo y más trabajo y semanas sin lunas y sin risas…realidad sin descanso es demasiada realidad. Los hombres grises de Momo empezaban a comernos, pero entonces llegó Riki con Momo, un nuevo Momo, que sonrió para que nosotros nos quitásemos el humo de los ojos y regresásemos a los colores y a las palabras bailantes y brilladoras, y a las noches de sisha de lavapiés, donde los armarios viejos esconden a los duendes que inventaron los escenarios. Y por eso, este julio refresca los labios con un verso de viento y vino tinto y volvemos a los bares, donde esperamos encontraros.

Como a la fantasía en medio de lo cotidiano, también os hemos echado de menos. Vosotros también sois necesarios.

RECITALES JUNIO-JULIO:

Domingo 28 de junio, a las 20:00: Café Doré,
C/ Torrecilla del Leal 9
Metro Antón Martín


Jueves 2 de julio, a las 20:00: Café El Despertar
C/ Torrecilla del Leal 18
Metro Antón Martín

Jueves 9 de julio, a las 21:00: Café El gato verde
C/ Torrecilla del Leal 15
Metro Antón Martín

viernes, 22 de mayo de 2009

Recital de Begoña Regueiro

El lunes 25 de mayo, a las 19:30 en la Biblioteca Regional Joaquín Leguina,
C/ Ramírez del Prado 3.

Desierto

Y qué más da. La vida es así; y basta.
Cielo negro y suelo imantado en dunas de asfalto.
Y qué más da si el viento escuece en los pulmones; si es demasiado denso.
Qué más da si duele en los ojos o escuece en las mejillas la rabia contenida de los siglos.
Qué más da que todo quede lejos y fuera al otro lado del mundo y de mis dedos.
Qué más da que el grito se me instale en la garganta y la angustia haga su reino en mis costillas.
Qué importa que tu espalda quede lejos...
Si ya no tengo voz para llamarte; ni aliento que recuerde que estoy viva.

Desnúdame


Desnúdame.
Desnúdame de alma para arriba y de cuerpo para abajo.
Quítame todas las capas, hasta llegar a mi piel desnuda.
Desnúdame despacio. Sin que lo note. Poco a poco. Que no duela.
Desnúdame aunque me queje, aunque te ruegue que no lo hagas;
aunque llore, aunque grite, aunque me escape.
Desnúdame.

Arranca mi abrigo de palabras impermeables para que la lluvia vuelva a estar fuera de mí.

Desnúdame de sus besos. Baja lentamente sus huellas dactilares por mi espalda, para que sus caricias caigan y dejen al descubierto mi piel.

Quita los sueños de encaje que están más dentro de mí; y verás partes de mi alma que nunca han visto las nubes.

Desnúdame los vidrios de los ojos, endurecidos de angustia, para que pueda llorar lágrimas nuevas.

Y cuando ya esté desnuda, cuando comience a temblar...

Bésame. Bésame frenéticamente. Con deseo. En cada rincón de mi cuerpo recién nacido.
Bésame con ansia. Que note tus labios cálidos. Para saber que aún existe algo que es de verdad.

Y después, muérdeme.
Muérdeme con fuerza. Hasta que sangre.
Para olvidar que me dolía el alma y ser tuya durante la eternidad de este segundo.

Desnúdame, bésame, muérdeme.
Pero luego calla. No digas nada. Porque a veces, con demasiada frecuencia, las palabras duelen al mentir.