"Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo" (C.S. Lewis)





"...con la sensibilidad de quien no tiene piel y lo siente todo, pero aguanta el golpe para contarlo." (Manuel Rivas, Las voces bajas)






miércoles, 27 de julio de 2011

Para compensar...


Puedes descansar en mi ombligo.

Todas las veces que me recorras, puedes
descansar en mi ombligo.

Después de escalar por mi espalda
y esconderte de las tormentas en las oquedades de mi cuello;
después de apagar tu sed entre mis labios
y redescubrir mi silueta con los dientes,

puedes apoyar la cabeza en mi estómago
y dejarte llevar por las enredaderas;
dejar que te cuide,
como viajero cansado
y que sean mis manos las que hablen.

Permíteme, entonces,
enredar los dedos en tu pelo
y colorear tus hombros con caricias.

Déjame descansar en tu cansancio y
jugar contigo
a inventar los lugares
donde nacen las flores.

martes, 19 de julio de 2011

Uno un poco triste...




En mi despensa también había
botes de nocilla y cola-cao,
jugaba con la arena,
(como todos los niños)
y conquistaba el mundo en descamapados.

Pero pronto,
(demasiado pronto)
llegó el frío,
y el silencio de las fotografías últimas
llenó la voz que hablaba a mis muñecas.

Entonces, seguí merendado
bollicaos y donuts
pero dejó de apetecerme
hablar de ellos.

lunes, 11 de julio de 2011

Anticipo de Otras Palabras

En realidad, este poema no es nuevo. Hará como un año lo publiqué aquí mismo. Sin embargo, esta vez quiero publicarlo como anticipo del número especial de Otras Palabras, acompañado de la imagen que irá con él en la revista. Espero que pronto podáis verlo en papel, tanto en nuestro número de décimo aniversario, como en Diosas de barro.




Ya ves, así soy yo.
Sólo otra muñeca de porcelana rellena de serpientes.
Una trampa mortal,
una emboscada.

Así soy yo, ya ves.
Piel envenenada con fragancia de lirios,
canto de sirena en el bosque de las hadas,
la parca disfrazada con las alas de un ángel.

Nada más que eso,
un manojo de rosas frescas sobre una tumba de tierra húmeda.



Fotografía de Antonio Flórez

sábado, 2 de julio de 2011

Crónicas de Nancy (II), o cómo miramos las ciudades nuevas



Y ya desde casa, continúa la crónica.

25 de junio de 2011

Hay algo de magnético en las ciudades nuevas. En algún sitio leí, hace tiempo, que se trata de la posibilidad de poder verlas con ojos también nuevos. Yo diría más, se trata de poder verlas con ojos nuevos y con los ojos abiertos. 

Me encanta Madrid: las esquinas misteriosas del Madrid de los Austrias, el silencio sorprendente de los conventos del siglo XVII, las fuentes de Ventura Rodríguez, los palacios del XIX, las luces de neón de la Gran Vía y, sobre todo, el cielo rosa de los atardeceres y el perfil de las montañas que se ve desde mi ventana. Me encanta Madrid. Sin embargo, la mayoría de las veces, no es más que una ciudad llena de coches que no me dejan llegar a tiempo al trabajo, llena de personas anónimas a las que tengo que esquivar para moverme, una ciudad en la que hace demasiado calor para ir corriendo de un sitio a otro cargada de libros y cuadernos. Pocas veces paro para abrir los ojos y darme cuenta de que el sol se está vistiendo de oro.

Sin embargo, en las ciudades nuevas no existe la prisa. No, al menos, todos los días (no los fines de semana en los que la universidad está cerrada). Entonces, uno se puede perder por las calles sin necesidad de llegar a ningún sitio, sin necesidad de seguir más ruta que la que marcan los edificios modernistas, los arcos del triunfo, las plazas rococó… los ciervos que lamen la mano de quien les da pan o los pavos reales que tratan de seducirnos. 

Me gusta perderme en las ciudades nuevas. Dejar el mapa escondido en el fondo del bolso y seguir sólo la senda de mis caprichos, el camino que me lleva de un pináculo con forma vegetal al campanario de una iglesia. Lo miro todo con los ojos muy abiertos, sin ninguna preocupación que los cubra como una gasa; lo miro todo con el cuidado que requiere el hallazgo de la belleza. Entonces, soy capaz de verla en todas partes y eso hace que mis ojos estén tan vivos y sean tan nuevos, como si acabasen de nacer.

Begoña, o, a la francesa (jeje)

martes, 28 de junio de 2011

Crónicas de Nancy (I) o libros que salvan vidas



Casi siempre llevo connmigo un diario en el que anoto todas las impresiones de las cosas que pasan a mi alrededor. Esta vez, he pensado que me gustaría compartir esas impresiones con vosotros y, así, sentiros cerca ahora que me siento lejos.  Aquí está la primera entrega. Continuará...

 
23 de junio de 2011

Encontrarse sola en la estación de tren de una ciudad que no es la tuya, cuando el sol ya se ha ido a dormir junto a los taquilleros que deberían ser capaces de darte una solución o un consuelo, no es una experiencia bonita. Como no lo es que tu avión llegue tarde y el autobús se haya marchado y te encuentres en medio de la nada sin saber a quién pedir ayuda y previendo ya la oscuridad y el frío de una estación de tren en la noche. No, no es una experiencia bonita, ni la mejor forma de empezar un viaje; así que voy a suprimir el pasaje de las lágrimas y el miedo para centrarme en el asunto principal de esta historia: “cómo un libro, de nuevo, me salvó la vida”. Era un libro recién regalado, entre cuyas páginas llevaba la flor malva que le sirvió de envoltorio y un trébol de cuatro hojas. Empecé a leerlo en el tren que me llevaba de “en medio de la nada” a Garé de Nord y uno de los primeros temas que trataba era: “¿Qué es un problema?”. Uno de los personajes comparaba el problema con una puerta que se encuentra en tu camino y cuya llave necesitas encontrar para poder seguir adelante:
-           -¿Y todos son capaces de abrir la puerta?
-          -Si estás convencido de que puedes hacerlo, lo más probable es que lo consigas. Pero si crees que no puedes, es casi seguro que no lo lograrás.

Seguía hablando de cómo los problemas resueltos ayudan a crecer y nos enseñan cosas. Algo de eso debía de quedar en mi mente cuando llegué a Garé de L´Est y  mi tren se había marchado sin mí.
Como lo prometido es deuda, voy a suprimir el pasaje de las lágrimas y la angustia hasta que encontré un hotel donde pasar la noche.
La cuestión es que el amanecer siempre llega. Y, al día siguiente, a las siete de la mañana, estaba ya en mi nuevo tren, camino a Nancy, con un café con leche y mucha azúcar, música de fondo y mi libro entre las manos. Seguía hablando de amor, de ternura, de amistad…mientras el sol iba subiendo y yo entreveía los campos verdes del este de Francia.
Cuando las fuerzas me lo permiten, me gusta intentar ver qué hay de bueno detrás de algo malo, cuál el sentido de que pasen algunas cosas, qué es lo que se puede aprender de este problema… Esta vez, un amanecer agradable, un poco de música y, sobre todo, un libro me hicieron fácil el verlo. El libro era “El regreso del Jóven Príncipe”. No puedo compararlo a “El Principito”, porque el niño del pelo de trigo es incomparable, pero es el libro que, en esta ocasión, me salvó.

jueves, 23 de junio de 2011

Un poco de poesía silenciosa para esta semana



Es la poesía de los instantes silenciosos,
susurrantes,
callados.

Momentos insinuados
como la respiración del viento,
sugerentes,
como la llamada de la lluvia,
sosegados,
como acurrucarme
y esconderme en tu cuerpo,
la tarde de un domingo repetido.


domingo, 19 de junio de 2011



No puedo decir que te quiero.
Las palabras repetidas no tienen sentido
y yo ya he dicho te quiero demasiado.
No sé  bien cuál es el gesto, cuál es la palabra inédita...
Ni siquiera el amor es el mismo:
tú y yo ya pasamos demasiadas fronteras.

Es cuestión de palabras y no obstante

casi siempre lo arbitrario es inexacto.

Es cuestión de palabras

y no obstante

quisiera decirlo más allá de los signos
con la certeza con la que se siente el dolor,
con la premura con la que se siente la rabia;
con toda la imperiosidad de lo instintivo.

Tal vez, haciéndote sentir
la presión de mis dientes en tu espalda o
el roce de mi lengua en tus heridas.

Tal vez, dejándote entrever
mi perfil más vulnerable,
donde se esconden mis cicatrices
donde tendrás que dar el golpe
cuando decidas.